Tal día
Tal día, inesperadamente coges la puerta y abandonas el lado cómodo de la vida. Mandas a hacer puñetas el paño de cocina y decides ir al cine, a ver cualquier cosa. Luego no es así, cuando estás delante de lo que se te ofrece no puedes, por despecho de la vida, entrar en cualquier sala, para ver cualquier cosa, aún puedes elegir. No hay nada que ver. Desandar lo andado, vuelta a casa. Después de todo no es tan malo. Estás solo. Así que te despelotas, tomas un zumo o dos y te dispones a escribir todo lo que a lo largo del paseo ha florecido en algún punto de tu puto cerebro. Pero tampoco. Mejor es tirarte al suelo, donde está más fresco e hincharte a comer piñones que dejan en la boca sabor a pino a pino verde. Escribir se puede dejar para mañana y mañana llega si llega y si no da exactamente lo mismo. Te duermes. Sueñas micro escenas eróticas sin consecuencia y te disparas al frigorífico para un asalto sin premeditación. Es la angustia, la falta de alimento, la sed incesante. Todo te va dominando, te vas dejando llevar por las circunstancias y terminas hinchado, con ganas de vomitar ya que tienes en el cuerpo más de lo que el cuerpo admite y aunque sabes que no podrás formir de pesadez sigues comiendo y bebiendo con el mismo ansia con el que un día corrias perseguido por la soledad. Pero ya no hay tristeza, ni pasión, ni circustancias atenuantes; tú solo ante ti justificando la debilidad.


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