Me apetece contar un fin de semana vulgar. El fin de semana de Juan G. comienza nada más plegar el viernes en el trabajo: son las tres de la tarde.
Metro, autobús, comida rápida y ya está en camino del pueblo, ese lugar ni campo ni ciudad donde tantos urbanos pasan más o menos cuarenta y ocho horas a la semana.
Sueltas el perro en una era en desuso. Corre, corre y sortea matojos, espinos y algún que otro cadáver.
Ni siquiera se ha hecho de noche. La luz es escasa, y te preguntas quién rompió el cenicero grande de cristal, limpiamente partido en dos, sin aristas cortantes.
Rebuscas en la memoria como cuando ibas a la busca de pequeño a por algún trozo de hierro. El cenicero está partido, realidad, lo único. El resto son imágenes confusas y vuelves a la casa decepcionado seguido del perro.
La noche más profunda.
La mañana está de agua y llueve lo suyo, pero no nos amedranta y disfrutamos de las horas como si fueran los últimas de viento, lluvia y amigos.
La comida es a lo bestia. Migas extremeñas, aunque estemos en la mancha, con su ajo, tocino, chorizo, su pimiento frito, su huevo frito y uvas.
Después
cubatita y mus; y más
cubatas hasta que el cielo se oscurece y la gran tormenta, la madre de todas las tormentas abre sus compuertas.
La mañana no es clara, sigue amenazante y golpea el agua con fuerza en las ventanas, en las tejas, en los campos.
¿Se notará que he mentido, que he fabulado hipótesis sobre alfombras sucias?.